Bukowski nos recuerda con su poesía que todos podemos permitirnos ser vulnerables y tener nuestras propias inseguridades
Los demonios están ahí para todos nosotros. Son incorpóreos y hechos de éter, y se presentan de distinta forma según los ojos que los miran. El mío me susurra que estoy constantemente bajo un juicio ajeno que siempre me resulta desfavorable. Quizá el tuyo te diga que no mereces afecto; o resuene desde las cavernas del pasado en la forma de un trauma infantil; incluso puede que se manifieste, acuoso, en el plano físico y te haga pedir otra copa.
Charles Bukowski (1920-1994) convivía con varios de ellos. En ocasiones, cuando agarraba la pluma, le poseían y le daban voz a los rotos, a los fracasados y a los parias de la sociedad. Por supuesto, él mismo era un reflejo de todos ellos: hijo de inmigrantes, creció en Los Ángeles y fue víctima de maltrato físico y de bullying en su infancia; su vida adulta, por otro lado, estuvo marcada por el alcoholismo y la depresión, sus dos acompañantes perpetuos.
Profeta desangelado
A Bukowski estos demonios no le daban miedo, no al menos en superficie (esto último es importante). Los abrazó y los dejó formar parte de su figura pública y de su obra. Como parte de esa corriente literaria bautizada como realismo sucio (del que forman parte otros escritores como Richard Ford o el siempre recomendado Raymond Carver), los personajes de Bukowski suelen ser gente de los márgenes: borrachos, prostitutas, trabajadores explotados, gente que malvive en general. Siempre con un estilo parco que muestra la realidad en su forma más desornamentada y visceral.
Con una prolifiquísima carrera, Bukowski dominó la novela, dominó el cuento y el ensayo y dominó la poesía. A menudo se suele decir que su trabajo tiende a ser excesivamente autoindulgente, pero es en su obra lírica donde mejor deja ver las costuras de su espíritu. Aunque existen varios poemas que muestran sus vulnerabilidades, hay particularmente uno que resuena con muchos lectores. En su poema El pájaro azul, Bukowski explora su dualidad como persona: por un lado la imagen de hombre endurecido que él mismo había confeccionado; por otro, sus inseguridades y fantasmas particulares.
El alcohol como refugio y máscara
Como ya he comentado, el compromiso de Bukowski con la bebida empapa casi toda su obra. Para el autor, el alcohol era una anestesia, un refugio que le alienaba y a la vez protegía del mundo exterior. El ave a la que se referencia en El pájaro azul es esa cara oculta e íntima: su tristeza, su fragilidad; pero también su sensibilidad y su esperanza:
«Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy a
permitir que nadie
te vea»
En los versos que arrancan el poema, Bukowski explica que le gustaría poder mostrarse vulnerable más a menudo. Él, sin embargo, sabe que el mundo es un lugar frío e inhóspito. Sabe que estos rasgos se perciben como debilidad y es por ello que debe mantenerlos a raya.
Aunque un reproche habitual a la obra de Bukowski es lo autoindulgente que llega a ser y como tiende a romantizar su estilo de vida malsano, es en Pájaro azul donde confiesa que todo esto no es más que una fachada, una pose. Una pose a la que se ha vuelto adicto, metafórica y literalmente, pero una pose que le permite sobrevivir, al fin y al cabo. Como adicción, esta máscara ha acabado consumiéndolo, y ahora no puede sino seguir actuando hasta en las más pequeñas interacciones de su día a día:
«Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está
ahí dentro»
Bukowski como personaje crudo y cínico
Un punto importante para comprender la obra de Bukowski es precisamente esa proyección de sí mismo que él se había labrado. Sabe que vivir como vive y ser como es le hace daño, y que debería cambiar, pero ya no puede. Ha desdibujado las finas líneas entre la vida de sus personajes y la suya propia (que sus novelas sean autobiográficas resulta un flaco favor) y en este momento su carrera depende totalmente de presentarse al mundo como un hombre duro, bebedor, mujeriego e insensible, porque eso es exactamente lo que el mundo espera que sea:
«Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres joder
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?»
Por otro lado, en un arranque de honestidad brutal, Bukowski reconoce sentir verdadero miedo a mostrar su verdadero yo a la gente. Al fin y al cabo, este planeta no está hecho para los endebles. Por ello, admite, lo saca únicamente cuando está solo y no tiene nada que demostrarle a nadie:
«Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado listo, solo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
Le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste»
Los hombres no lloran
La represión emocional autoimpuesta es a menudo un gesto percibido como fortaleza. Ya sabéis, aquella expresión antediluviana de «los hombres no lloran», con la que muchas generaciones de hombres han sido (y siguen siendo) bombardeadas. Sin embargo, encarna un problema real en muchos de nosotros. Ese miedo a la vulnerabilidad, a mostrarnos débiles y frágiles suele ir de la mano con una falta de honestidad, tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás. ¿Qué clase de amor puede surgir de una farsa? ¿Cómo podemos coexistir con nuestro propio ser si somos incapaces de aceptarnos? Bukowski sabe que esto es imposible:
«Luego lo vuelvo a introducir
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿y tú?»
Al final, si uno lo piensa, Bukowski es solo un síntoma. Un síntoma universal. Lo verdaderamente descarnado de este poema, aparte de su sinceridad, es la realidad que late. Todos estamos constantemente actuando. Nos metemos en nuestros coches, vamos a nuestros trabajos, aguantamos y nos relacionamos con nuestra gente cercana. Simulamos una vida adulta y funcional mientras lidiamos con nuestros demonios particulares. Podemos aparentar ser duros e inmunes al dolor, pero estos malabares son difíciles de mantener.
Creo honestamente que la lección que Bukowski nos intentó dejar fue la de no tomarle a él como ejemplo. Él sabía que por mucho que intentase asfixiar a su ave con alcohol y humo de tabaco, esta iba a seguir ahí, y cada vez se iba a hacer más grande. No sé, quizá la solución pase por dejar cantar al pájaro azul más a menudo. Y es que, ¿qué sentido tiene reprimirse en un mundo ya represivo?
Deja un comentario