En 1976, la adicción a la cocaína destrozó a David Bowie; también nos dio uno de sus mejores discos
Perdón por el topicazo, pero los 70 y los 80 fueron tiempos muy diferentes. Esto suena, quizás, al habitual espesor dulce de la nostalgia con el que algunos entonan esta frase o similares, para acto seguido hacer gala de un manidísimo ubi sunt acusatorio a las generaciones posteriores. Nada más alejado de ello. No voy a mentir, soy demasiado joven para haber vivido estas épocas; llegué tarde, incluso, a la década siguiente. Lo que quiero decir es que me voy a abstraer de sentimentalismos y me voy a centrar en citar los hechos.
Tampoco voy a hablar del SIDA (eso lo dejé para otra ocasión), ni del reaganismo/thatcherismo, ni de la Guerra Fría, ni de los movimientos por los derechos civiles; ni tan siquiera de la Transición que vivimos en España. Los 70 en cierto modo fueron los retales de los 60: el globalismo continuó extendiendo sus tentáculos y la cultura popular de la década le tomó el relevo a la de la anterior.
El hedonismo de la cultura hippie sesentera, aunque con diferente forma, se mantuvo con vida. Ahora que contamos con la ventaja del tiempo sabemos el peligro de las drogas, pero hace cincuenta años las cosas eran, efectivamente, muy diferentes. La cocaína era un sinónimo de glamour, de riqueza y de poder; muchos famosos y gente de éxito la consumían en fiestas privadas a las que las clases medias y bajas no acudían pero en las que, por supuesto, aspiraban a participar.
El regreso del Delgado Duque Blanco
En 1976, David Bowie no necesitaba introducciones. Cuatro años antes, en el 72, lanzó su álbum The Rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, para muchos su ópera magna, y para entonces su carrera estaba respaldada por el éxito monumental de temas como Life on Mars?, Changes o Space Oddity. Después del bombazo de Ziggy Stardust, David Bowie publicó Aladdin Sane (1973), tercer y último disco con The Spiders from Mars, su banda de acompañamiento hasta entonces.
Tras esto, la carrera de Bowie se estancó. A Aladdin Sane le siguieron varios discos, a mi juicio, bastante poco inspirados: el álbum de versiones Pin Ups (1973); Diamond Dogs (1974), que si bien tuvo unos cuantos temas de éxito, se sentía como un refrito de su etapa glam con las Spiders from Mars; y el R&B descafeinadísimo de Young Americans (1975). Su nuevo estrellato no debió sentarle nada bien, pues además de la sequía creativa desarrolló una fuerte adicción a la cocaína.
Durante esta etapa, Bowie se volvió paranoico, irritable y endeble. Las discusiones con amigos se volvieron frecuentes, despidió a su manager, desarrolló una anorexia severa (sus fuentes cercanas llegaron a revelar que su dieta se basaba exclusivamente en pimientos y leche, además de la ya mentada cocaína), pasaba varios días sin dormir y, en general, se convirtió en una persona impredecible. En abril de 1975, tras la salida de Young Americans, David Bowie le anunció al mundo que se retiraba de los escenarios.
Este éxodo artístico, sin embargo, no duró demasiado. Apenas un año después, Bowie (ahora bajo su alter ego el Delgado Duque Blanco) le presentó a ese mismo mundo del que se despidió su nuevo trabajo: Station to Station.
Demasiado tarde para odiar
Station to Station marcó un nuevo hito en la carrera del artista inglés. Alejado del glam rock de sus primeros discos y del pop, en fin, desaborido de los últimos lanzamientos, este álbum dio paso a una etapa de experimentación y de vanguardia en la música de Bowie. Algunas de las referencias musicales que influyeron en su creación fueron bandas de la escena de krautrock y música electrónica que se dio en Alemania a principio de los 70, principalmente grupos como Neu! y Kraftwerk.
Este nuevo envoltorio se quedó en eso, un envoltorio que no medió nada en el comportamiento del músico. Aquí diríamos aquello de «aunque la mona se vista de seda…», que, amén de la retranca, viene bastante al caso. En fin, saberes populares aparte: David Bowie no desistió en su consumo de cocaína. Por supuesto esto tampoco debería haber pillado por sorpresa a nadie, el nuevo personaje con el que reapareció en la industria musical llevaba el precisamente no poco sospechoso nombre de Delgado Duque Blanco.
Existen algunas anécdotas de la grabación de Station to Station bastante ilustrativas al respecto. O mejor dicho: no existe ninguna. El propio David Bowie solía señalar, incluso en sus últimos años de vida, como apenas era capaz de recordar nada del proceso de creación del disco. Lo que sí ha trascendido, no obstante, es que su carácter errático de los años anteriores seguía en vigencia. Llegaba tarde a las sesiones, con las canciones a medio escribir, pedía parar constantemente la grabación e introducía nuevos cambios en la instrumentación.
El canon europeo está aquí
Tras leer todo esto, supongo que surgirá una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué entonces a este disco se le considera el renacimiento de David Bowie como artista? Responder a esa pregunta no es complicado, pero suscita varias respuestas de similar importancia. En primer lugar, la influencia del avant-garde teutón, más evidente si cabe en sus siguientes trabajos, le dio a su música un je ne sais quoi, un sonido a medio camino entre la seguridad cómoda del pop rock y la dificultad juguetona de los nuevos estilos europeos.
Asimismo, Bowie permitió una mayor participación de su equipo. En esas sesiones en las que llegaba tarde, con el trabajo a medio hacer y que interrumpía constantemente, el Delgado Duque Blanco daba sus nuevas ideas a la banda, a quienes otorgó completa libertad creativa. Esta forma de trabajo dio lugar a un flujo constante de ideas de uno y otro lado que retroalimentaron la cosmovisión del proyecto.
Con todo, David Bowie ingenió una obra que si bien tuvo una creación tumultuosa, le lanzó al estatus de culto del que goza hoy. Esto es una apreciación personal, pero sin Station to Station, Bowie sería hoy recordado tan solo por su, ojo, también maravilloso, Ziggy Stardust. Este disco es el que le abrió las puertas a buscar otras formas de trabajar, a buscar nuevos sonidos, a no conformarse. Una inconformidad que le llevó a irse a Berlín en los años siguientes para trabajar con los músicos de la escena local (y que nos dio esos dos grandiosos álbumes que son Low y «Heroes») y que le motivó, hasta su último aliento, a crear arte que desafiase la lenta pero implacable marcha del tiempo.
Deja un comentario